Aprender a Morir
Era un calurosa noche de verano, y aún cerca de la medianoche el calor transpiraba de las paredes del local en que un hombre de mediana edad bailaba, en medio de una multitud de otra gente. Su nombre era Alejandro, o al menos así se hacía llamar por aquel entonces. Su nombre de nacimiento no lo recordaba, y usaba aquel ya que tenía cierta fascinación por Alejandro Dumas, razón por la que algunas veces también se hacía llamar Edmundo, por aquel personaje del Conde de Montecristo.
Estaba en ese momento bailando entre la gente, sin ningún motivo particular, más allá de sentirse, por el rato que durara aquella fiesta, un poco menos solo. Si bien no disfrutaba demasiado del baile, ni buscaba más compañía que la que ya tenía en ese momento, rodeado de extraños, disfrutaba en observar la actividad de las personas alrededor.
Encontraba una cierta complacencia en analizar las actitudes y el obrar de las personas a su alrededor. Algunos buscaban una pareja con la que compartir la cama esa noche, otros quizás solamente compañía con la que pasar el rato, y otros tantos simplemente buscaban pasan un buen rato bailando, pero en definitiva todos estaban en busca de algo.
Sonrió al ver un grupo de jóvenes acercarse con risas a unas chicas, y salir eyectados del grupo de mujeres tan rápido como llegaron, aún entre risas. Muchas de aquellas personas estaban bajo el efecto de alguna droga, legal o no, fuera ésta alcohol o alguna pastilla. Deseosos de sentir, y de sentir mucho.
Recordó entonces cómo hace un tiempo atrás su soberbia le había hecho creer que él era de alguna manera mejor que muchas de aquellas personas, que se intoxicaban y buscaban el contacto frenético con otros, a veces en formas bastante animales, para no sentir la punzada de la soledad.
Rápidamente salió de su error, sin embargo. Luego de cierto tiempo de mirar a aquellas personas desde arriba, tomó conciencia de que él estaba allí por las mismas razones; su soledad lo llevaba a esos lugares anónimos, donde sentir la fuerza de la vida que surgía de los gritos, la danza, y la algarabía general.
Con todo lo animal y primitivo que pudiera ser, no dejaba de ser un festejo de la vida, y el sexo, que se practicaba bastante también en los espacios más oscuros y privados de aquel lugar, tampoco era otra cosa que un triunfo de la vida.
Ya no miraba a esa gente con soberbia, no, él era solamente uno más. Aunque había algo diferente respecto de él, por supuesto. Aquello había empezado hacía tanto tiempo atrás, que parecía una eternidad.
Por aquel entonces, Alejandro estaba enfrascado en alcanzar aquello que algunas religiones orientales dan en llamar la iluminación, y para ello realizaba con asiduidad y constancia largas meditaciones, practicaba disciplinas físicas de control de la respiración, yoga, llevaba una dieta en extremo natural, en fin; una cantidad de actividades tendientes al cultivo de lo interior, en la búsqueda de aquella experiencia esquiva, muchas veces descripta en los libros sagrados, pero pocas veces identificable.
En medio de una de sus meditaciones, sintió algo especial, una especie de mareo, en tanto comenzó a ver flashes muy veloces de imágenes en su mente. El mareo creció, en tanto la velocidad de las imágenes pareció mermar un poco, lo suficiente como para aferrar alguna que otra.
De repente intuyó que lo que veía eran otras vidas, quizás vidas pasadas; las imágenes se sentían a la vez ajenas y familiares. En fin, la experiencia se prolongó por algunos instantes, no muchos, y luego se fue a negro.
No supo si se había desmayado o dormido, pero al despertar, notó que había anochecido hacía bastante rato. Se levantó del suelo con dificultad, con el cuerpo algo entumecido, y se dirigió a su cama. No pasó una buena noche; el descanso resultó intermitente, asaltado por extraños sueños.
La mañana siguiente, estaba afeitándose frente al espejo del baño cuando, producto de la mala noche de sueño, se hizo un doloroso corte en el mentón con la hoja de afeitar. Se miró con gesto de dolor en el espejo y vió manar rápidamente un hilo de sangre.
Entonces, con creciente asombro, vió como la herida simplemente se cerró. Pestañeó nerviosamente, y acercó más el rostro al espejo. No había rastro del corte, ni tampoco de su ardor.
Con precaución, acercó la hoja de afeitar al rostro, como con intención de probar si lo que sucedía era un sueño o era real. Cuando ya apoyaba la hoja contra la carne nuevamente, desistió, dio un suspiro fuerte, y, tirando la hoja de afeitar dentro de la pileta, salió del baño refunfuñando en dirección al estar.
Se dirigió a la cocina, y comenzó a preparar el desayuno. Sacó unos huevos y jamón de la heladera, dispuesto a hacer un revuelto, pero rápidamente cambió de opinión, y terminó preparando unas tostadas solamente.
Luego de comer, se dispuso a salir rumbo a su trabajo. Sin embargo, con la mano apoyada en el pomo de la puerta, se detuvo, pensativo. Cavilando allí parado frente a la salida estuvo un buen rato, hasta que finalmente, sacando la mano del pomo, dejó el abrigo sobre el sofá, y reluctantemente se dirigió hacia el baño.
Allí lo esperaba aún la hoja de afeitar. Como un viejo amigo vapuleado que sin ánimo de defenderse de los ataques de su amigo enfadado, simplemente espera, espera, a que el momento del furor pase, y el amigo retorne. Y el amigo retornó.
Parado otra vez frente al espejo, tomó firmemente la hoja, la puso nuevamente contra un lado del mentón, y apretó un poco, apenas lo suficiente para realizar un corte semejante al anterior, sólo que del lado contrario del mentón.
Nuevamente sintió el dolor del metal lacerando la carne, agudo, y cerró los ojos brevemente. Recordando lo rápido que fue todo la vez pasada, abrió los ojos y en su apresuramiento se golpeó la cabeza contra el espejo al acercar el rostro velozmente para ver los efectos de lo que había hecho. Un hilo apenas de sangre corría por su mentón. Entonces, tal como había sucedido hacía un rato, la herida desapareció.
Fogoneado por lo que acababa de ver, y a pesar del dolor creciente, siguió haciendo algunas pruebas más, con unos cortes algo más profundos, hasta que, asustado de lo que estaba haciendo, tiró la hoja de afeitar en el cesto de basura y se fue a caminar por el parque. Ningún corte había permanecido en su carne.
En el parque soplaba un viento fresco, primaveral. Introdujo sus manos en los bolsillos de la campera, y alzando un poco los hombros sobre el cuello, caminó a paso lento. “Me estoy volviendo loco”.
En eso estaba, cavilando con la mirada perdida, en las cercanías del lago en el centro del parque, cuando se le acercó un joven de aspecto desarreglado, con el rostro extraviado, como si estuviera drogado. Nervioso, el muchacho se le vino encima, y le pidió de manera violenta el dinero, esgrimiendo un arma de fuego.
Alejandro, sorprendido y asustado, tardó unos segundos en poder sacar la billetera, atascada en el bolsillo de su pantalón.
No hizo falta más; el joven asaltante, ansioso y quizás tan asustado como Alejandro, fue traicionado por sus nervios, y soltó primero un disparo, directo al pecho de Alejandro. Y luego otro, y aún otro más.
Como un peso muerto, el cuerpo dejó de responderle, y sintió como se deslizaba, incontrolado, al suelo; la vista fija al frente, sin pestañear. Y el fuego, ¡ah, el fuego! Como si le hubiesen introducido magma volcánico en el pecho, el dolor, intensísimo, era insoportable.
El muchacho, incrédulo de lo que había hecho, arrastró el cuerpo hasta el borde del lago, y torpemente le metió piedras en todos los bolsillos, le robó ahora sí la billetera, y lo tiró al lago.
Alejandro veía como todo eso sucedía, pero no podía hacer nada por evitarlo. Estaba en una especie de estupor, su conciencia yendo y viniendo, pero aún así atinó a ver, mientras su cuerpo comenzaba a hundirse, como el muchacho hurgaba en la billetera apresuradamente, mientras se alejaba por la vera del lago.
Penumbra. El lago no era tan profundo, y algo de luz llegaba hasta él, mientras era arrastrado por las tenues corrientes de agua de aquel lago artificial. Alejandro estaba al borde mismo de la locura.
De hecho, por momentos se perdía en la sensación horrorosa que experimentaba, para luego volver en sí. Lo que ya nunca perdió es la consciencia. Vió y sintió todo. El agua en los pulmones quemando, quemando, quemando todo por dentro; un ardor infinito.
Luego de lo que pareció una eternidad, y de hecho, fueron unas cuantas horas, porque cuando pudo darse cuenta de ello, ya estaba bien alto el sol de la tarde, unas manos prontas lo arrebataron de las aguas. Sintió el aire caliente en el rostro.
Le presionaron el pecho, hasta que escupió una copiosa cantidad de agua, y luego siguió haciendo arcadas por un rato más, mientras alguien le ponía una frazada sobre la espalda.
Un momento más tarde, cuando estaba más calmado, le dieron algo caliente de beber, ya que estaba temblando, y le preguntaron acerca de lo que le había pasado.
Meditando cada palabra, limitó su discurso a lo que supuso sería creíble; dijo que lo asaltaron, lo golpearon y tiraron al agua. De las balas no dijo nada, y procuró mantener todo el tiempo la frazada alrededor de su tórax para evitar que los agujeros en su ropa generasen preguntas difíciles de responder.
Superado aquel primer interrogatorio, cuando el policía que lo asistía se fue a buscar una patrulla para que lo lleve a la comisaría a declarar, se escabulló y se dio a la fuga lo más rápido que le fue posible.
Había demasiadas preguntas que, o no sabía cómo responder, o no estaba dispuesto a hacerlo.
Una vez lejos del lugar y de la policía, se detuvo, aturdido; no conseguía recordar dónde vivía, así que no sabía adonde ir.
Terminó por abandonar la que fuera su ciudad, y recorrió el mundo, en busca de algunas respuestas, pero en el camino encontró los placeres que el mundo tenía para ofercer.
Y se perdió en ellos durante un tiempo.
Sexo, drogas y rock and roll.
De la misma manera en que a veces las personas posponen cosas aduciendo que “las harán mañana” y de esa manera dejan pasar semanas, incluso meses a veces, así él dejó pasar los años, con su extraviada noción del tiempo.
Y el tiempo transcurrió, entonces, en una loca carrera hedonista, en pos de olvidar los traumáticos momentos de sus no-muertes.
Al parecer era inmortal, sí, pero eso no quitaba el dolor. El dolor lo perseguía en sus pesadillas nocturnas. Y era un dolor infinito, que no podía ser terminado por la natural muerte con que el resto de la humanidad era bendecida.
Para los demás había un límite para el dolor que debían soportar. Pero no para él.
Hasta aquella noche de verano en que, mientras bailaba, comenzó a revisar mentalmente aquel tiempo de viajes y desesperación.
Y de repente, conmocionado, cayó en la cuenta de que habían pasado casi cincuenta años de los eventos en aquel parque.
Tuvo que apoyarse contra una pared, mareado por el reconocimiento de esa cifra. Una larga agonía, mezcla de placeres y terror; una huida que duró tanto tiempo, quizás demasiado.
Irónicamente, mientras veía debatirse a todos los seres a su alrededor, en aquella noche veraniega, en pos de aferrarse a la vida, él buscaba desesperadamente su muerte; para él, su mayor misterio, ya no era la Vida, con mayúsculas.
Su misterio, el que sentía la imperiosa necesidad de develar, era el opuesto; debía aprender a morir.
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